¿DE QUÉ HABLAMOS
CUANDO HABLAMOS DE LA GLOBALIZACIÓN?:
UNA INCURSIÓN METODOLÓGICA DESDE AMÉRICA LATINA
José Guadalupe Gandarilla Salgado(*)
A
modo de presentación.
“La
metodología, que quede claro, no resuelve en absoluto el problema con el que
nos enfrentamos. A lo sumo facilita el correcto planteamiento de la solución”
Antonio
Negri
“La
investigación comienza con la duda, no con la fe”
Ernst Bloch
Desde
una postura epistemológica que se reclame crítica, se establece una relación
de conocimiento en que las formas de abordar la realidad reconocen la necesidad
de asumir una postura racional que potencie el ejercicio del conocer al no
agotarlo en la explicación de lo real, sino al abrir las potencialidades de lo
real mismo al entenderlo como campo de alternativas, donde los sujetos y las prácticas
sociales tienen la posibilidad de construir historia, se trata de avanzar del
conocimiento a la conciencia, o en otras palabras, del conocimiento teórico al
conocimiento histórico.
La
importancia de reflexionar desde una postura epistemológica crítica un objeto
de estudio como el que el título enuncia toma en cuenta el desafío que
representa traducir esa orientación y entendimiento de lo real al análisis de
lo social y al campo de la economía como uno de los ámbitos que lo incluyen.
Es precisamente en el área de la economía (entendida ésta en su acepción
económica y política, desde un posicionamiento crítico y de transformación
de lo real) donde actualmente es más necesario que nunca desarrollar un
pensamiento que parta del reconocimiento de la necesidad de futuro. Ante el
paradigma neoliberal conservador, que impone la inexorabilidad de fuerzas
externas dominantes, que subyugan a su lógica las formas y el proceso económico-productivo
de nuestros países, y subordinan el interés, la producción y reproducción de
la vida material de las clases trabajadoras (su sistema de necesidades), a la
obtención del beneficio y el mantenimiento de patrones de dominación; resulta
imperioso pensar y analizar la realidad desde una perspectiva que busque
transformar y construir una sociedad ‘en la que todos quepan’ (de analizar
la economía no desde los aprisionamientos epistémicos y teóricos de la
‘economía positiva’ o pura), pues a fin de cuentas del modo en que se
entienda y piense la realidad, depende la distinción y resolución (aún más,
el tipo o los tipos de solución) de los problemas que ofrece la misma.
En
los siguientes párrafos nos proponemos vislumbrar la globalización en tanto
proceso histórico-objetivo, en tal sentido como contexto o escenario mundial,
como ideología, y en su dimensión político normativa o prescriptiva,
intentando relacionarla con el establecimiento de los llamados bloques
regionales y las políticas de ajuste estructural, haciendo manifiesta la
necesidad de estudiar a éstas en su complejidad económica, política y social.
A lo
largo del trabajo intentamos destacar algunas orientaciones metodológicas y
conceptuales que pueden resultar de utilidad para pensar el tema de las políticas
neoliberales de ajuste estructural y su relación con sus determinantes:
internas (domésticas y que tienen que ver con las estructuras, instituciones y
actores o sujetos políticos en el seno del Estado-nación), y externas (que
tienen que ver con los condicionamientos externos, que para algunos autores
significa la apreciación de un contexto internacional que sobredetermina
inexorablemente la dinámica interna y las políticas adecuadas a los tiempos de
la globalidad), en un intento de retomar una visión que articule dialécticamente
los espacios nacional y global.
Hacia
un concepto de la globalización.
“...busqué varias veces la conversación con
distintos responsables para tratar de ir haciendo una labor de convencimiento
contra ella. Fue imposible; es reconocida como un artículo de fe. Los más
evolucionados políticamente dicen que es una fuerza natural, material...”
Ernesto ‘Che’ Guevara
Como
apuntó el sociólogo británico y director de la London School of Economics
Anthony Giddens, globalización es un término que usado con tanta frecuencia,
sin embargo, está muy pobremente conceptualizado. La orientación analítica y
la disposición ideológica separa entre “hiperglobalizadores” y “escépticos
de la globalización” (Giddens, 1996).
Entre
los primeros (ligados sobre todo al ambiente de los negocios y con gran
influencia en las elites económicas y políticas que orientan las políticas
macroeconómicas y la gestión del Estado) la globalización se entiende como la
expansión del mercado a escala mundial, el avance del proceso es tal que no sólo
los Estados-nación han perdido una gran parte de su poder sino están a un paso
de su aniquilamiento. Dentro de esta corriente, Kenichi Ohmae (en obras como
“The Borderless world”, o “The end of the nation state”) argumenta que
en el futuro la nueva economía mundial tendrá como núcleo no a los
Estados-nación sino a muchas regiones entrelazadas, al modo de Estados-región,
ciudades-Estado o ciudades–globales[1]. El modelo del estado-región es un
modelo abierto a la economía mundial (“los estados-región son puntos de
entrada tan eficaces para la economía mundial porque las características que
los definen están conformadas por las exigencias de esa economía”). Aunque
pareciera que este escenario es poco probable no puede ser ignorado, en los
hechos es la ideología en boga o el proyecto del sector empresarial
transnacional. Esta concepción de la globalización deriva no sólo de una noción
analítica, sintetiza una orientación ideológica y una idea de futuro.
Para
los segundos el hablar de la globalización como un fenómeno nuevo o sin
precedentes es faltar a la verdad, con apoyo de gran cantidad de estadísticas
argumentan que lo que hoy se ha dado en llamar globalización estaba más
desarrollado entre los años 1900 a 1910 e incluso a fines del siglo XIX, para
éstos la “globalización es un mito”. En esta corriente podríamos ubicar
las aportaciones de Paul Hirst y Grahame Thompson en “Globalization in
Question” y las de Paul Bairoch y Richard Kozul-Wright en “Globalization
Miths”. Quizá la crítica a la escuela de la hiperglobalización deba avanzar
más allá de alcanzar una historización del fenómeno (terreno en el cual las
dos obras anteriores han hecho aportes significativos) y tratar de abarcarlo en
sus alcances políticos, económicos, sociales y culturales.
Podríamos
coincidir con Giddens quien sugiere que elaborar una “conceptualización
adecuada de este fenómeno debe diferir de ambos enfoques”, y poner atención
en varias cuestiones: a) esta sacudida fundamental de la sociedad mundial
“tiene numerosas causas y no una sola”, b) es un proceso sumamente
contradictorio; “no debe entenderse tan sólo como un concepto económico ni
como un simple desarrollo del sistema mundial o como un desarrollo puramente de
instituciones mundiales a gran escala ... no es un simple conjunto de procesos
ni tampoco va en una sola dirección. En algunos casos genera solidaridades y en
otros las destruye. Tiene consecuencias muy distintas según sea la ubicación
geográfica mundial de que se trate ... genera algunas formas nuevas de
integración que coexisten con formas nuevas de fragmentación”, c) “la fase
actual del proceso no es solo extensión de las fases anteriores de la expansión
del mundo occidental”. Sin embargo, tenemos una gran salvedad con el ideólogo
de la ‘tercera vía’. El sociólogo británico concluye afirmando que la
fase actual de mundialización “se distingue porque nadie la controla”
(Giddens, Ibid), conclusión que lo emparenta como veremos más adelante con los
ideólogos de la globalización; y no sólo eso, Giddens se erige en entusiasta
globalizacionista, al construir los slogans publicitarios e ideológicos de la
tercera vía, desde una ‘postura positiva ante la globalización’. Por
nuestra parte, preferimos la advertencia que Hugo Zemelman formula y que
constituye una toma de posición y el punto de partida para el establecimiento
de una relación de conocimiento: la globalización “a pesar de constituir un
problema de macrológicas económicas, que tienen sus fuerzas a veces
inexorables, no son inamovibles; dependen también de la capacidad de resolución
que a esas macrológicas les presten los individuos desde su muy empobrecida
subjetividad” (Zemelman en Dieterich, 1997, 105).
Pensar
entonces el gran tema de la globalización (que se erige al parecer en el nuevo
Leviatán de las ciencias sociales contemporáneas) exige pensarlo en cuanto
proceso y en cuanto dinámica, pero no sólo en esa dimensión de su complejidad
sino además incluir la capacidad y potenciamiento de actores políticos y económicos
transnacionalizados y la represión o mediatización de otras modalidades de
ejercicio y constitución de subjetividades que intentan construir o transformar
el mundo.
El
Fondo Monetario Internacional define la globalización como “la
interdependencia económica creciente en el conjunto de los países del mundo,
provocada por el aumento del volumen y de la variedad de las transacciones
transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales
de capitales, al mismo tiempo que por la difusión acelerada y generalizada de
la tecnología”; dos cuestiones aparecen como claves en esta visión
encubridora y mistificadora de la globalización: el concepto de
interdependencia (que oculta los procesos de explotación, dominación y
apropiación presentes en la lógica del capital mundial) y el quedarse en la
forma de manifestación del fenómeno o proceso sin interesarse por los actores
políticos y económicos que lo impulsan (en este caso las multinacionales, los
Estados desde los que se impulsan globalmente y los organismos e instituciones
supranacionales que actúan en el ámbito mundial como garantizadores y
creadores de consenso para las medidas económicas y políticas que acompañan a
la globalización neoliberal).
Desde
la tradición del pensamiento crítico latinoamericano Pablo González Casanova
intenta recuperar algunas dimensiones poco socorridas en este debate y propone
“pensar que la globalización es un proceso de dominación y apropiación del
mundo”. Dominación tanto de Estados como de mercados, de sociedades como de
pueblos, que se ejerce “en téminos político-militares, financiero-tecnológicos
y socio-culturales”. El proceso de apropiación de recursos naturales, de
riquezas y del excedente producido se realiza de “una manera especial, en que
el desarrollo tecnológico y científico más avanzado se combina con formas muy
antiguas, incluso de origen animal, de depredación, reparto y parasitismo, que
hoy aparecen como fenómenos de privatización, desnacionalización, desregulación,
con transferencias, subsidios, exenciones, concesiones, y su revés, hecho de
privaciones, marginaciones, exclusiones, depauperaciones que facilitan procesos
macrosociales de explotación de trabajadores y artesanos, hombres y mujeres, niños
y niñas” (González Casanova, 1998).
Ahora
bien, el proceso no se desarrolla ex nihilo o como una fuerza natural, la
globalización “está piloteada por un complejo
empresarial-financiero-tecnocientífico-político y militar que ha alcanzado
altos niveles de eficiencia en la estructuración, articulación y organización
de las partes que integran al complejo, muchas de las cuales son empresas o
instituciones estatales también complejas” (Ibid). En una argumentación como
ésta destacan varias articulaciones y mediaciones conceptuales o categoriales
que nos permiten una apertura más amplia del tema de la globalización, y nos
exige recuperar la discusión del todo y de las partes, de la complejidad, pero
también de lo abstracto y de lo concreto.
De la
conciencia de globalidad a la totalizaci{on totalitaria del automatismo de
mercado. La globalización, triunfo del universalismo abstracto.
“La interpretación del acontecer histórico-social
en términos de un acontecer orgánico natural va más allá de los resortes
reales (económicos y sociales) de la historia y entra en la esfera de la
naturaleza eterna e inmutable ... es una ‘totalidad’ que consiste en el
total dominio de todos. La explicación teórica de esta totalidad la da el
universalismo ... el universalismo en el campo de la teoría social ha asumido rápidamente
la función de una doctrina de justificación política ... Al desplazarse la
totalidad desde el punto final al inicial, se corta el camino de la crítica teórica
y práctica de la sociedad, que conduce a esta totalidad. Se mistifica programáticamente
la totalidad: no se la puede tocar con las manos ni verla con los ojos externos”
Herbert
Marcuse.
Los
últimos años han sido testigos no sólo del emerger del discurso de lo global,
de la globalidad, o de la globalización, sino de su imposición como verdadero
paradigma dominante. Para el pensamiento crítico ha sido cuando menos difícil
y constituye un reto importante el establecer un distanciamiento de un paradigma
que tiende a ser asumido como la razón establecida. Lograr superar estos
aprisionamientos aparece como una necesidad para intentar avanzar en la
construcción de alternativas teóricas y prácticas. Distanciarse del concepto
de la globalización y de su discurso, o cuando menos evitar una apropiación
a-crítica del concepto, exige hacerlo no sólo desde el nivel teórico, o a
partir de un corpus teórico, sino desde una disposición cognoscitiva,
epistemológica, profundizando en el nivel o ámbito de los presupuestos que
permiten su construcción categorial.
El
tema de lo global o de la globalidad no ha sido ajeno al desarrollo de la
filosofía y de las ciencias sociales, se puede afirmar que el problema de la
globalidad acompaña al desarrollo del discurso de la modernidad y a su propia
crítica[2]. Si bien es cierto que en los años ochenta comienza un uso más
extensivo e intensivo del término globalización, no por ello significa que ésta
sea la característica fundamental de ‘lo novedoso del mundo’; ya desde la
segunda posguerra y en especial de los años sesenta en adelante existe lo que
podemos calificar como una conciencia de globalidad, o bien conciencia de las
dimensiones alcanzadas por los problemas o amenazas globales.
Tal
conciencia no es sólo teórica o analítica sino incluso existencial y se
relaciona en su momento con la primera amenaza mundial; la bomba atómica con
sus posibilidades de destrucción masiva y global, a este desarrollo
desproporcionado y depredador del excedente social ligado a los intereses del
complejo militar-industrial norteamericano, lo acompañan la desenfrenada
competencia armamentista y el desarrollo de un mercado global de medios de
destrucción y un mercado de ‘seguridad global’, así como de una auténtica
campaña global de intervención y penetración imperialista. Continúa en un
segundo momento con la conciencia de la gravedad de la crisis ecológica y los
problemas del medio ambiente, discutidos a profundidad después de la
Conferencia de Estocolmo y la publicación de “Los límites del
crecimiento”, tal y como en su momento lo afirmó Edgar Morin a pesar de las
insuficiencias de estos debates y sus restricciones disciplinarias, el
desarrollo de la conciencia ecológica constituyó “un primer paso que podría
llevarnos a una nueva forma de pensar, la del punto de vista global, y ello es
absolutamente esencial” (Morin en Oltmans, 1975: 447). Seguirán
posteriormente temáticas tales como el desarrollo de la tecnología genética,
la exclusión de la población como amenaza global, etc., problemas éstos que
al tiempo que van adquiriendo consenso como problemas de la globalidad dan pauta
de la crisis sistémica. Pero incluso desde este punto de vista, en alguna ocasión
las ciencias sociales tendrán que dar cuenta de la apropiación casi automática
o religiosa de un termino que se crea en los medios empresariales, las escuelas
de negocios y los estudios del marketing y del management empresarial de los
Estados Unidos[3], pues como intentamos ver a continuación no se trata sólo de
reconocer una dimensión global del acontecer y pensar humano, sino de evitar o
distanciarse de su mistificación e ideologización.
Para
este cometido de distanciamiento[4] nos será de gran utilidad recuperar al
menos dos ejercicios del pensar crítico que intentan discutir un uso abstracto
y mistificador de las categorías de totalidad y de universalismo, nos referimos
al trabajo que Herbert Marcuse publicara a fines de los sesenta con el título
“La lucha contra el liberalismo en la concepción totalitaria del Estado”
(Marcuse, 1970, 89 – 131), y a una de las más recientes aportaciones de Franz
Hinkelammert “Determinismo y autoconstitución del sujeto: las leyes que se
imponen a espaldas de los actores y el orden por el desorden” ”
(Hinkelammert, 1996, 235 - 277). Nuestra intención es recuperar su argumentación
en el ánimo de relacionarla con lo que creemos constituyen los supuestos y
aprisionamientos presentes en la construcción discursiva de la globalización.
Herbert
Marcuse en el ensayo citado inicia la crítica de la doctrina del estado total
– autoritario, pero demostrando que el propio liberalismo comparte los
supuestos del totalitarismo, es así que nos será de utilidad para ilustrar lo
que podemos calificar como la totalización totalitaria del automatismo de
mercado, que no sería sino otro nombre para hacer referencia a la globalización,
aunque no se trata sólo de una diferencia terminológica sino –creemos–
conceptual. Para Marcuse “El estado totalitario exige la obligación total sin
admitir que se cuestione la verdad de tal obligación” (Marcuse, 1970, 127),
lo mismo puede plantearse con respecto al predominio del mercado total.
Siguiendo a Karel Kosik estamos en presencia de una totalidad (abstracta),
entendida de manera unilateral y no dialéctica, heredera de las corrientes
idealistas del siglo veinte que reducen la triple dimensión de la totalidad
como principio metodológico, a una sola dimensión “la relación de la parte
con el todo”; lo que desemboca en dos trivialidades: “que todo está en
conexión con todo” (la globalización como totalización del automatismo del
mercado todo lo modifica) “y que el todo es más que las partes” (siguiendo
nuestra analogía, la globalización no puede ser modificada por nada, antes
bien exige la adecuación de las partes) (Kosik, 1967: 54).
La
preeminencia del todo con respecto a los ‘miembros’, las partes o los
individuos, se justifica en la medida en que “las formas de la producción y
reproducción de la vida por ‘lo general’ están dadas de antemano a los
individuos” (Marcuse, 1970, 108), consolidando un concepto del todo que carece
de sentido concreto en la teoría de la sociedad pues está “separado de su
contenido económico-social” su corolario es una concepción organicista de la
relación entre la totalidad así entendida y los miembros que la componen. Las
relaciones entre la totalidad y los miembros son entendidas como orgánico-naturales,
“la existencia humana” queda a merced de “fuerzas ‘inviolables’ dadas
de antemano” (Ibid, 91), esta concepción conduce a una naturalización y
deshistorización de los procesos sociales. El camino recorrido por el
universalismo abstracto, en el sentido de que el todo al que hace referencia
“no es una unificación impuesta por el dominio de una clase en una sociedad
de clases, sino una unificación que unifica a todas las clases y que ha de
superar la realidad de la lucha de clases y, de esta manera, la realidad de las
clases mismas” (Ibid, 109) se complementa con la teorización organicista que
conduce “a través de la naturalización de la economía en tanto tal, a la
naturalización de la economía del capitalismo monopolista y de la miseria
masiva que esta última provoca: todos los fenómenos son sancionados como
naturales” (Ibid, 114). Ahora bien el predominio del universalismo abstracto
exige de otra complementación pues si en una primera etapa “la economía es
concebida como un ‘organismo vivo’ al que no puede cambiarse ‘de golpe’
” (Ibid) en un segundo nivel necesita apaciguar la politicidad del sujeto y
reprimir su corporalidad, al alejarlo de la satisfacción de sus deseos y
necesidades; la lógica autoritaria del estado o el mercado total, exige una
concepción del hombre como “un ser cuya existencia se realiza en sacrificios
cuyo sentido no cuestiona y en una entrega incondicionada, cuyo ethos es la
pobreza y para quien todos los bienes materiales desaparecen en aras del
servicio y la obediencia” (Ibid, 118). Marcuse concluye su crítica haciendo
un llamado a la recuperación de la dimensión histórica, a la recuperación de
una ‘auténtica historicidad’. Conclusión que expone en tres niveles: en el
primero demuestra que la “deshistorización de lo histórico pone de
manifiesto una teoría que es la expresión del interés por estabilizar una
forma de relaciones humanas que no puede ya ser justificada frente a la situación
histórica” (Ibid, 112); en segundo lugar, Marcuse hace un llamado a tomar en
serio la historia, lo cual nos es de gran utilidad en el cometido de
conceptualizar a la globalización como forma social, como totalización
totalitaria del automatismo de mercado, pero sin asimilarla como el desarrollo
natural de fuerzas tecnológico-productivas materiales que responden a lógicas
inexorables e inamovibles, nuestro autor plantea: “si se tomara en serio a la
historia, ésta nos indicaría que aquella forma es el resultado de una decisión
y nos recordaría las posibilidades de modificación, que resultan de su génesis
... Esta forma ...[social]... queda eternizada ideológicamente al considerársela
como ‘orden natural de la vida’ ” (Ibid, 112 – 113). Por último,
Marcuse recupera la dimensión concreta e histórico-objetiva de la totalidad y
plantea que “en la estructura económica de la sociedad capitalista y
monopolista, residen los fundamentos fácticos del universalismo” (Ibid, 109),
la crítica al universalismo abstracto que afirma un orden social
deshistorizado, es rematada al afirmar que por el contrario estamos en presencia
“de un orden que se mantiene gracias al poder de un enorme aparato, aparato
que puede representar al todo, por encima de los individuos, porque los oprime;
es una ‘totalidad’ que consiste en el total dominio de todos” (Ibid, 92).
Del
análisis de Hinkelammert quisiéramos recuperar tres ideas que nos parecen
sustantivas en el ánimo de hacer un distanciamiento de los supuestos del
discurso de la globalización como totalización totalitaria del automatismo de
mercado. La primera de ellas tiene que ver con el ambiente cultural; el pensar
crítico ha pretendido reprimirse desde la propia afirmación de que vivimos el
tiempo de la crisis de los grandes relatos, de que estamos en presencia de la
crisis de los paradigmas, sin embargo, Hinkelammert plantea que el discurso de
las crisis de los paradigmas encubre la afirmación de un conocimiento
inauditamente dogmatizado y lleno de irreversibilidades o forzocidades de la
historia: el paradigma del mercado. “Es en nombre de este paradigma que se
arroja en contra de todo ser pensante la tesis de la crisis de los paradigmas”
(Hinkelammert, 1996: 237).
En
segundo lugar, la propia crisis de los paradigmas se plantea como la pauta para
desechar criterios universalistas del actuar ¿Pero es real la pérdida de estos
criterios? A la luz de constatar el hecho de que “un solo criterio
universalista se ha impuesto: el universalismo de los criterios del mercado”
(Ibid), más adelante nuestro autor complementa su afirmación “se trata de un
universalismo del ser humano abstracto, detrás del cual, como siempre, se
esconde/proyecta la dominación de una minoría que se impone por medio de los
criterios de su universalismo abstracto práctico. De nuevo se revela el hecho
de que los universalismos abstractos son posiciones de intereses minoritarios o,
si se quiere, posiciones de clase de clases dominantes. Nuestra pregunta tiene
que ser por un criterio universal frente a este universalismo abstracto. Este es
precisamente el problema actual” (Ibid: 238).
En
tercer lugar Hinkelammert llama a tener conciencia “de que a la lógica de un
universalismo abstracto como la del sistema presente” (Ibid) no es posible
oponer otro sistema de universalismo abstracto, sin embargo, sólo se puede
contestar mediante una respuesta universal. “Tal respuesta universal tiene que
hacer de la fragmentación un proyecto universal ... fragmentarizar el mercado
mundial mediante una lógica de lo plural es una condición imprescindible de un
proyecto de liberación hoy” (Ibid). Para Hinkelammert “La fragmentación/pluralización
como proyecto implica ella misma una respuesta universal” (Ibid), la
fragmentación no puede ser fragmentaria, pues sería relativista, se transforma
en criterio universal cuando para la propia fragmentación exista un criterio
universal. Para este autor tal criterio universal no puede ser otro que el
enarbolado por los zapatistas de Chiapas: “Una sociedad en la que todos
quepan. Lograr tal meta universal, es precisamente la interpelación del
universalismo abstracto en nombre de un criterio universal. Pero este criterio
universal, en su aplicación en efecto pluraliza sin fragmentar en estancos a la
sociedad y tiene que hacerlo” (Ibid: 239). De tal modo, la construcción de
alternativas tendría que ser planteada en el marco de la recuperación de
criterios universales concretos, tal como el que enuncia Hinkelammert, en ello
coincide también Edgar Morin para quien “la pérdida de un universalismo
abstracto resulta para muchos la pérdida de lo universal ... pero, en el
proceso mismo por el cual todo se vuelve mundial y todo se ubica en el universo
singular que es el nuestro, se da por fin la emergencia de lo universal
concreto” (Morin, 1994: 121). Hecho este paréntesis filosófico y epistemológico
podemos pasar a otras dimensiones envueltas en el concepto de globalización, y
los riesgos de su ideologización.
La
ideología de la globalización y el ‘pensamiento único’.
“La ideología es la máscara que cubre el rostro
de los intereses materiales. Se utiliza para manipular a la gente pero en
realidad nunca es asumida por los dirigentes, que pueden desecharla cuando ya no
sirve a sus intereses ... Para las clases dominantes, los pragmáticos hombres
de negocios, es sólo cuestión de interés material y se puede encontrar una
nueva ideología que se amolde a sus nuevas necesidades”
Joyce Kolko
Para
algunos autores el proceso de globalización (asumido como un episodio sin
precedentes, o más bien como un conjunto de fuerzas con vida propia y con un
carácter inexorable[5]), no sólo resta los márgenes de maniobra política
(capacidad de autodeterminación) y de intervención económica (posibilidad de
afirmar la soberanía de la nación), sino condena a la extinción del Estado
como aparato de gestión que cede su lugar a los mecanismos de mercado y a la
sociedad global.
En un
ensayo que tuvo una gran acogida Ignacio Ramonet[6] –director de Le monde
diplomatique– alertaba sobre la consolidación de lo que él denomina el
pensamiento único (en un contexto social de gran penetración y dominio por
parte de los medios masivos de comunicación, en la “sociedad mediática
...[donde]... repetición vale por demostración”[7]), constructo ideológico
que pretende siempre poseer la razón y ante el cual “todo argumento –con
mayor razón si es de orden social o humanitario– tiene que inclinarse”[8].
Se trataría. pues de la traducción a términos ideológicos de pretensión
universal “de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas en especial,
las del capital internacional”[9], sus conceptos o definiciones clave, que
actuarían como una especie de principios formadores de consenso; tanto en el
seno de algunos centros de investigación, asesores gubernamentales recién
educados en las universidades norteamericanas, intelectuales financiados por
fundaciones privadas extranjeras o nacionales, medios de comunicación,
noticiarios y comentaristas ‘de opinión’, ‘editorialistas de
prestigio’, etc., serían en una apretada sintesis –siguiendo a Ramonet–,
los siguientes: La mano invisible del mercado que corrige las asperezas y
disfunciones del capitalismo; en especial las señales que ofrecen los mercados
financieros orientan y determinan el movimiento de la economía –en palabras
del especulador bursátil George Soros, “los mercados votan cada día obligan
a los gobiernos a adoptar medidas ciertamente impopulares, pero imprescindibles.
Son los mercados quienes tienen sentido del Estado”[10]–; la competencia y
la competitividad que estimulan y dinamizan a las empresas colocándolas en una
permanente y benéfica modernización; el libre intercambio como factor de
desarrollo no sólo del comercio sino también de la sociedad como un todo; la
mundialización tanto de la industria manufacturera como de los flujos
financieros; la división mundial del trabajo que modera –o exige moderar–,
las reivindicaciones sindicales y abarata los costes salariales; la estabilización
macroeconómica, la desreglamentación, la privatización y la liberalización
que configuran un escenario de menos Estado, pero el que queda efectúa un
arbitraje en favor de los ingresos del capital y en detrimento de los del
trabajo.
Carlos
Vilas[11], en un análisis pormenorizado, sintetiza, en primer término, las
pretensiones discursivas de la globalización en un conjunto de enunciados (en
un segundo nivel este autor demuestra la falsedad y dosis de error presentes en
cada una de las proposiciones): 1) La globalización es un fenómeno nuevo, 2)
un proceso homogéneo, 3) al mismo tiempo un proceso homogeneizador, 4) conduce
al progreso y al bienestar universal, 5) La globalización económica conduce a
la globalización de la democracia y 6) acarrea la desaparición progresiva del
Estado o una pérdida de su importancia.
Para
Camdessus (Director General del FMI), los dos acontecimientos que han cambiado
la orientación de la economía mundial; la caída del muro de Berlin y los
inicios de la dinámica de la globalización “anuncian un mundo futuro
unificado, caracterizado por una economía a escala planetaria, más habitable
para los hombres”[12]; con relación al ‘poderoso conjunto de fuerzas’ que
impulsan la mundialización Ruggeiro (Director General de la OMC), sostiene que
aunque algunas de ellas son el reflejo de políticas gubernamentales, “más
fundamentalmente se trata de fuerzas que tienen una vida propia”[13], se trata
pues de un conjunto de procesos determinísticos, en cuya lógica inexorable[14]
es difícil si no imposible influir, ante los que es mejor adaptarse.
En el
seno de las concepciones globalistas se asume el proceso de globalización como
algo homogeneo y homogenizador, en tal sentido nos encontramos con una
representación del proceso histórico que incluye no sólo la globalización
financiera (que objetivamente es el ámbito en el cual más ha avanzado la
ampliación y profundización del dominio capitalista), sino también una
“globalización de la demanda”[15], con “posibles compradores situados en
cualquier parte del planeta”[16], argumentación en la que los avances tecnológicos
y los sistemas informáticos borran de suyo las diferencias salariales, la
polarización global, y la dramática situación de sectores de población cuya
conversión de necesidades absolutas a necesidades solventes ha sido más que
dificultada o anulada por la homogeneización de las políticas neoliberales de
globalización, que estrangulan el crecimiento y disminuyen la demanda
efectiva[17].
El
proceso de globalización en dimensión histórica. ¿Nueva etapa del
capitalismo o nueva forma histórica?
“Le dije que había una cosa llamada historia que
se compone a partir de muchos datos fragmentarios y puede ser tergiversada”
Ernesto ‘Che’ Guevara
“La auténtica historicidad presupone una
conducta cognoscitiva del hombre con respecto a las fuerzas históricas y la crítica
teórica y práctica de estas fuerzas” Herbert
Marcuse
Tal y
como en su tiempo Marx lo afirmó, las crisis capitalistas inician y promueven
procesos de reconstitución histórica, que dan nueva forma al proceso de
dominación y explotación a través de recomponer los equilibrios, las pugnas y
las mediaciones de las fuerzas sociales, esto tanto en el terreno interno de la
economía nacional como, sobre todo, en el contexto del sistema mundial o
inter-estatal:
“El
mercado mundial constituye a la vez que el supuesto, el soporte del conjunto.
Las crisis representan entonces el síntoma de la superación del supuesto y el
impulso a la asunción de una nueva forma histórica” (Karl Marx, Grundrisse,
1857 – 58, cursivas y negritas nuestras JGGS)
Ahora
bien, el siglo XX ha sido precisamente un espacio histórico de sucesión de
crisis capitalistas y de recomposiciones o reestructuraciones capitalistas. En
nada se justifica que la reestructuración mundial del capital iniciada en los
ochenta (o aún antes) signifique una ‘modificación estructural histórica
del capitalismo’[18], algo así como una nueva etapa, o peor aún una nueva
totalidad histórica, expresada en la globalización neoliberal, en la dominación
neoliberal globalizadora. El capitalismo es global (mundial) desde su origen y
desde sus inicios estuvo asociado al colonialismo y al saqueo de las colonias,
lo que no sólo retardó sino impidió su desarrollo económico y social ya como
Estados-nación, de hecho conforme maduraba su economía desarrollaban su
subdesarrollo (como en reiteradas ocasiones lo ha explicado Gunder Frank), desde
el siglo XIX, el imperialismo y el intercambio desigual son características básicas
del capitalismo mundial.
La
crisis contemporánea del capitalismo mundial, cuyo inicio numerosos analistas
ubican en los años de 1973 - 1975, constituyó una ruptura general y abrió una
reconstitución que aún hoy no termina, la profundización y prolongación de
la crisis y los senderos que reconoce su solución se transformó –para un
conjunto de autores y desde diversas perspectivas– en el paso a una etapa
superior de desarrollo del capitalismo[19]. Los elementos que están en la base
de esta transformación son los cambios profundos de los procesos productivos,
del comercio mundial y de la intermediación financiera, que se instrumentan a
partir de una verdadera –pero en ningún modo definitiva– derrota mundial
del trabajo. El paso a esta nueva etapa (si concedemos que se trata de una nueva
etapa), o la asunción como dice Marx de “la nueva forma histórica”, exigió
del capital cumplir tres condiciones, que sin duda alguna, dan el signo a la década
de 1980 como espacio de transición y como década perdida para los países
latinoamericanos, lo que está detrás de este proceso es el traslado de la
crisis de los centros a la periferia capitalista, con sus particularidades
regionales y sus consecuencias intra-estatales. Estas tres condiciones,
requisitos o exigencias para el capital, consistían en: a) Acentuar la
explotación del trabajo en todo el sistema, para aumentar la masa de plusvalía
apropiable y disponible para la inversión; b) Intensificar la concentración y
centralización de capitales en las economías centrales para financiar las
extraordinarias inversiones en desarrollo tecnológico y modernización
industrial; el reverso de la moneda es la transferencia de volúmenes
impresionantes de valor, de la periferia al centro[20] y que trae como resultado
la auténtica descapitalización en América Latina, lo que agudiza su
marginalización y miseria; y c) Ampliar la escala del mercado para dar
viabilidad a estas cuantiosas inversiones[21].
Sin
duda, gran parte del éxito logrado por la burguesía en este ajuste mundial a
costa del trabajo, se debe a la formidable operación de propaganda al imponer
la ofensiva ideológica neoliberal que sustenta el dogma de la restricción de
la intervención del Estado, el ataque al sindicalismo (como elemento que no
permite ajustar el mercado de trabajo), la restricción de los derechos
sociales, así como la reprivatización de la economía; más recientemente la
ideología de la globalización como cuerpo conceptual, paradigma de
interpretación, categoría de análisis, o elemento de dictaminación científica.
Es tal la eficiencia de esta ofensiva ideológica que el lugar común tiende a
identificar el neoliberalismo con la nueva etapa del capitalismo, apareciendo éste
como imprescindible o necesario.
En el
caso de las sociedades latinoamericanas el pensamiento dominante y el que se
gesta en las organizaciones del Estado supranacional (FMI, Banco Mundial, BID,
OCDE) no se interesa en destacar e identificar las distintas formas en que se
acomete la llamada globalización capitalista (en lo que tiene de proceso histórico-objetivo)
y tiende a identificar y promover la forma neoliberal de globalización económica[22]
como si fuese ésta la única posible o viable, para la cual no existe
alternativa; con ello no sólo se encubre y favorece los intereses del gran
capital transnacional y de los grupos de poder al interior de las lumpenburguesías
autóctonas, también se ocultan los efectos sociales que trae consigo la economía
globalizada, lo oscuro o el lado no destacado de la globalización y las
tragedias humanas a ella asociadas[23], no se hace la distinción –como paso
importante para hacer la historización de la globalización– sobre qué es lo
que se globaliza y qué no, sobre quién cae toda la carga de la globalización
y que grupos sociales son favorecidos y la impulsan.
La
necesidad de comprender este cúmulo de acontecimientos, como ampliación y
profundización de procesos que se vienen experimentando y encuentran en la
propia lógica del despliegue del capital mundial su estructura fundante; y que
en ese sentido acompañan al capital desde cuando menos la afirmación hegemónica
de Occidente como centro del sistema mundial desde 1492, requiere problematizar
la imagen que entiende nuestro contexto histórico como “una nueva totalidad
histórica”[24] en que se recompone, reconfigura o prescinde de la lógica de
movimiento y valorización del capital internacional, para ceder su sitio al
encadenamiento de las economías nacionales, los Estados-regiones[25], o las
ciudades globales, a la lógica inexorable de las fuerzas de la sociedad global.
La
diferencia conceptual no es –desde nuestro punto de vista– sólo semántica
(entre, por un lado, nueva etapa, nueva totalidad histórica y, por el otro,
nueva forma histórica), hace referencia a una distinción epistemológica
fundamental[26]. Mientras en la primera categorización las fuerzas inexorables
o incontenibles de la sociedad global actúan sobredeterminando heteronómicamente,
erosionando las capacidades de modificar la posición que se ocupa en el sistema
inter-estatal o ante los grandes corporativos multinacionales (la escala jerárquica
que se ocupa en la aldea global, como provincias de la misma). En la segunda, se
intenta plantear que es la particular forma y proceso que asume la (cor)relación
de fuerzas o actores sociales (sean estos, clases, movimientos sociales, político
- populares, naciones, o coaliciones e instituciones internacionales) y las
potencialidades de la lucha, resistencia o insubordinación (ejercida por los
distintos actores o clases); la que sanciona la forma en que se acomete la
inserción o subordinación de la economía nacional en el mercado mundial, y
decide la asignación de perdedores y ganadores tanto en el seno del Estado-nación,
como al nivel del mercado mundial en la forma de polarización global, y reedición
de políticas de corte imperialista o de un llamado ‘colonialismo
global’[27].
El
período de 1975 - 1992 cierra el ciclo largo de la posguerra, al registrar el
hundimiento de los 3 pilares sobre los que descansaba el orden mundial, y el
resquebrajamiento del equilibrio entre ellos. Los tres subsistemas del sistema
mundial registran una profunda crisis en el ámbito económico (ésta se abre
con la crisis en occidente del fordismo central, al mismo tiempo manifiesta la
imposibilidad de cuajar una opción de izquierda -después de las esperanzas de
1968-, y la emergencia de la ofensiva neoliberal -desde 1980, o incluso antes,
en el contexto de los regímenes dictatoriales en América Latina-; en segundo
lugar, la crisis en el seno del desarrollismo y el asentamiento del ajuste
estructural en el Tercer Mundo -a partir del llamado consenso de Washington-; y
en tercer lugar, el estrepitoso hundimiento de los regímenes de tipo soviético).
En el terreno político el ciclo se cierra con el desgaste del sistema de la
bipolaridad mundial, que verá sustituir al enemigo comunista por los enemigos
de “las democracias liberales de mercado”, el terrorismo, el narcotráfico,
y los nacionalismos, como elementos que permitan mantener los impresionantes
gastos militares y el mantenimiento de los intereses del capital ligado a la
expansión armamentista y al complejo militar-industrial norteamericano.
La
articulación dialéctica entre la emergencia en el mundo capitalista, desde
fines de los años setenta, de un orden económico tripolar (cuyos centros se
sitúan en Estados Unidos, Japón y Alemania, o la Unión Europea toda), y la
pervivencia de un orden militar claramente hegemonizado por los Estados Unidos,
apareciendo éstos como el único poder con la capacidad y la voluntad de
ejercer la fuerza a escala global; es destacado por Noam Chomsky[28] quien
afirma que Washington en el episodio de la guerra del Golfo, que dicho sea de
paso propiamente inaugura –junto con la estrepitosa caída del “socialismo
realmente inexistente”–, el ‘nuevo orden del desorden mundial’, prefirió
trasladar la confrontación al escenario de la fuerza y eliminó posibles
salidas y oportunidades diplomáticas, e incluso expresó preocupación de que
la comunidad internacional precipitara una solución a la crisis por cauces
diplomáticos, que quizás hubiera tenido los mismos resultados pero sin una
demostración efectiva del poderío militar y de la resuelta actitud de EE UU.
En cuanto a los costes de la aventura bélica concluye Chomsky que para el
gobierno norteamericano era “claramente ventajoso ... que fueran compartidos,
pero no al precio de sacrificar el papel de único defensor del orden”[29].
Samir
Amin sostiene -a nuestro juicio con razón- que no existe una regulación sistémica
en el plano mundial, ésta se reduce al ámbito de actuación de los
capitalismos nacionales. La escuela regulacionista ignora que en el capitalismo
desarrollado de los centros la distribución del ingreso tiende a estabilizarse
y dar salida al proceso de sobreproducción (al vincular el incremento del
salario real con el incremento de la productividad), mientras que en las zonas
periféricas la desigualdad social crece con el propio desarrollo del
capitalismo (al no efectuar tal vinculación) y despliega la polarización
social y la exclusión tanto al interior de los capitalismos nacionales como a
escala global del sistema mundial. No puede, pues, haber regulación sistémica
que rija a nivel internacional pues significaría la interconexión de políticas
nacionales de desarrollo, lo cual se opondría a la idea misma de un sistema
como el capitalista que se rige por la competencia internacional. El único
equilibrio que rige la actuación de los tres subsistemas del sistema mundial se
realiza mediante el ajuste estructural de las regiones más débiles a las
condiciones de acumulación de los más fuertes. Lo que es más, la regulación
en el centro reproduce la relación desigual entre los centros y las periferias
y al interior de los mismos.
No se
puede sostener que la globalización o mundialización sea enteramente novedosa,
pero es necesario avanzar en su periodización, la cual no puede establecerse
sin tomar en cuenta la manera en que el capital acomete las posibilidades de
resolución de la crisis mundial, y el despliegue global de las políticas de
ajuste estructural asociadas al neoliberalismo. Desde esta perspectiva la
mundialización puede ser caracterizada como el desarrollo más contemporáneo
del proceso de internacionalización del capital y el relanzamiento de una nueva
división internacional del trabajo. El surgimiento de un sistema productivo
mundializado (en sus fases de producción, circulación, distribución y
consumo) que toma el lugar de los sistemas productivos nacionales, manifiesta la
vocación mundial del capital. Como lo planteo en su tiempo Trotsky
desarrollando una tesis de Marx, “cada capitalismo nacional ...(en mayor
medida los hegemónicos)... se dirige a las reservas del ‘mercado exterior’
es decir de la economía mundial, ... para luchar contra sus propias
contradicciones interiores” (Citado en Chesnais, 1997). Toda discusión sobre
la regionalización del capital (la llamada nueva regionalización de la economía
mundial con predominio de los bloques regionales de la tríada, acompañados por
procesos de sub-regionalización a manera de redes productivas, comerciales y
financieras de los territorios que pertenecientes a determinados Estados-nación
son incorporados a los flujos de información, tecnología, capital y mano de
obra de las grandes corporaciones multinacionales) y los procesos de integración
de los sistemas productivos o comerciales debiera ser ubicada en este punto de
partida. En ese sentido más allá de una institucionalización del proceso de
integración, los procesos subregionales (como en el caso latinoamericano)
tienden a ser subsumidos por el proceso mayor de regionalización y mundialización
capitalista, en mayor medida si se acude a la dimensión normativa del discurso
globalista.
La
globalización en su dimensión normativa.
“Ella determina lo que los gobiernos pueden –y
deberían– hacer”
Martin Wolf
En
cuanto al concepto mismo de globalización debemos decir que se trata de un
anglicismo; en el ámbito intelectual franco parlante se ha preferido utilizar
el concepto de mundialización[30] en el contexto de este trabajo los hemos
utilizado como sinónimos, sólo con la finalidad de no repetir.
El
despliegue económico mundial del capital no prescinde del Estado. Para los
partidarios de la globalización, los principales actores o hacedores de la
historia son las transnacionales y el gran capital con sus estructuras e
instituciones supra-nacionales; los sujetos, organizaciones, movimientos y
pueblos sojuzgados, no hacen sino presenciar los acontecimientos y ocupar el
lugar que les fijan las estructuras omnipresentes del mercado y el capital
global; la historia no se construye por ellos, se presencia, se les impone una
ideología según la cual no hay alternativa al neoliberalismo y la globalización.
En
una perspectiva radicalmente distinta y crítica del globalismo extremo, otros
autores han planteado que para discernir la implementación y profundización de
las políticas neoliberales de globalización, el papel del Estado-nación no es
hacia su desaparición o desplazamiento, sino que éste actúa como inductor,
gestor o sancionador de las mismas (a través del “desmantelamiento del marco
constitucional y jurídico ... para suprimir los derechos de la nación sobre el
subsuelo y el espacio aéreo, las antiguas formas de la tenencia de la tierra,
las garantías de los trabajadores y los sindicatos (del salario mínimo
remunerador a los contratos colectivos de trabajo), los sistemas de seguridad
social”[31], etc.), como afirma Vilas “el Estado interviene en favor de los
grupos mejor articulados a los procesos de globalización para fortalecer su
posición en el mercado y promover sus intereses”[32], las políticas
neoliberales de globalización modifican las relaciones entre las clases, éstas
se impusieron y ejecutaron por determinados actores e intereses, e implicaron
acciones específicas del Estado y sus representantes, y la renuncia a otro tipo
de políticas, a otra forma de acometer la inserción al mercado mundial
capitalista (el proyecto neoliberal dominante se ejecuta en una particular
correlación de fuerzas sociales, y con una determinada actuación del Estado y
sus instituciones.
Si en
un primer momento la globalización se asocia a la apertura de mercados, la
competitividad, la promoción de exportaciones, la atracción de inversiones y
flujos de capita; en una segunda arremetida, ésta pretende impugnar la
institucionalidad y urge por reformas radicales en los ámbitos de la legislación
laboral, tributaria, bancaria, comercial, financiera, de cobertura y
prestaciones sociales provistos por el Estado; y al parecer, termina por
instalar no sólo a los actores gubernamentales y los líderes políticos, sino
a la ‘opinión pública’ toda en la ‘encrucijada de la globalización’[33],
donde esta última se presenta, por un lado, como la fuerza exógena que exige
apresurar y profundizar las reformas, y en caso de que se cuestionen sus
devastadores efectos sociales, la misma los asume como sus secuelas o fenómenos
inevitables[34], los costos del progreso y la modernización. Es en este marco
de imposición y aplicación de políticas económicas que deben ser situadas
las políticas que subsumen el proceso de integración latinoamericana, y lo
incluyen en la agenda neoliberal para beneficio del gran capital multinacional.
Proyecciones
regionales y globales. La geopolítica del mundo.
“... en el mundo contemporáneo la preponderancia
de un imperio no se mide ya únicamente a escala geográfica. Además de los
formidables atributos militares, ésta deriva esencialmente de la supremacía en
el control de las redes económicas, los flujos financieros, las innovaciones
tecnológicas, los intercambios comerciales, extensiones y proyecciones
(materiales e inmateriales) en todos los órdenes ... Nadie domina tanto la
Tierra, sus océanos y su espacio medioambiental como Estados Unidos”.
Ignacio Ramonet
El
establecimiento o consolidación de los llamados “bloques regionales” no sólo
es producto de la reciente arremetida de la mundialización capitalista, o no sólo
tiene que ver con la índole económica del desarrollo capitalista con proyección
mundial, la regionalización es heredera de todo un proceso de despliegue de la
geopolítica del capital y del establecimiento duradero, endeble y a ratos
precario de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y las otras potencias
económicas con proyecciones globales.
Desde
nuestro punto de vista, lo que la llamada globalización manifiesta –al menos
para el caso de la región latinoamericana– es la consecusión, en un
determinado contexto histórico, del conjunto de finalidades que podemos asociar
a las políticas de corte globalista que el imperio del Norte experimenta en el
último siglo; es decir, en el terreno de la geopolítica y la diplomacia
imperial, la geoeconomía de la globalización manifiesta la consolidación del
globalismo norteamericano, de ahí que prefiramos asociarlo con intereses y políticas
de orden intervencionista y expansionista, que nos hacen recordar al
imperialismo clásico. Para el caso latinoamericano la proyección mundial del
capitalismo estadounidense está asociada al establecimiento del proyecto hemisférico
del ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas), del que el TLCAN (Tratado
de Libre Comercio de América del Norte) es –digamóslo así– sólo el
primer paso.
El
globalismo norteamericano encuentra sus orígenes y se relaciona estrechamente
con las prácticas de un Estado pragmático, que busca la consecusión de
finalidades de expansión global que aseguren el despliegue de sus grandes
corporativos en términos de producción, distribución y consumo pero que, sin
embargo, aseguren su mercado nacional o regional y lo protejan de la amenaza
real o ficticia de la competencia externa. Según el politólogo José Luis
Orozco[35], especialista en el tema del pensamiento político norteamericano, la
fusión entre pragmatismo y globalismo se encuentra presente ya en las opiniones
visionarias de Walter Weyl, prototipo de la élite liberal agrupada en torno a
The New republic, quien sintetiza las finalidades de lo que Orozco llama la pax
corporativa, para Weyl “en la economía mundial actual ...[escribe en el año
de 1917]... la nación es la unidad y la fricción internacional la regla ... el
movimiento tiende hacia el mundo de los negocios ... nos hallamos ya en los
primeros comienzos del internacionalismo del capital”[36], el paso de la
industria nacional a la industria supranacional o internacional hace pensar a
Weyl el inicio de una coordinación no sólo económica sino política, sentando
los cimientos a un imperialismo, según Weyl, “dilatado, abrumadora y
ostensiblemente pacífico”[37], donde no importa la pérdida de independencia
económica de otras naciones, si se permite el sano flujo de las finanzas
norteamericanas, hacia donde los salarios sean bajos. Tal y como concluye
Orozco, las tendencias globalizadoras e integradoras apuntan más al
imperialismo que al internacionalismo.
A lo
largo de este siglo, después de la desaparición del dominio hegemónico de
Gran Bretaña en el siglo XIX, el mundo paso poco a poco a convertirse en un
sistema de bloques económicos apoyados en barreras arancelarias, apoyándose en
sus inicios en la política de ‘preferencias imperiales’. En el proyecto
geopolítico alemán de inicios de este siglo, estas proyecciones regionales
estaban vinculadas en un inicio a la doctrina del espacio vital
‘lebensraum’, y después se percibieron desde una perspectiva más global,
interpretando a las regiones económicas en clave de ‘panregiones’ (‘una
especie de doctrina Monroe multiplicada por tres’). Después de la segunda
guerra mundial y teniendo a Estados Unidos como el gran vencedor de la
conflagración bélica, la política de bloques regionales entró en desuso y
hubo una gran promoción de una política con proyecciones globales, con
instituciones que actuaban en un marco multilateral (ONU, GATT, Instituciones de
Breton Woods, etc), en este período bipolar la doctrina norteamericana de las
‘grandes áreas’ estuvo asociada a la política de contención. Actualmente
en el período de posguerra fría la política de bloques económicos vuelve a
cobrar una gran actualidad e importancia (Taylor, 1994, 45 – 58).
Desde
1945 el mundo comenzó a moverse en un contexto de dos superpotencias, y primo
la estrategia de la contención y la política de alianzas antisoviéticas que
se pactaron tras la guerra (la OTAN en Europa, el CENTO en Asia Occidental, y la
SEATO en Asia Oriental). Habría que reconocer el mérito de la categorización
que utiliza Raymond Aron en su texto –que data de 1973– La República
Imperial[38], quien ya califica precisamente como “globalismo
estadounidense”[39] la practica geopolítica y de diplomacia imperial asociada
a la contención del comunismo y la derrota de los ensayos revolucionarios que
durante la década de 1950 y 1960 tuvieron por escenario al Asia-Pacífico. De
este modo resume Aron su planteamiento: “la diplomacia ... de Washington se ha
dado como objetivo contener el comunismo, limitar las zonas a que se extendería
el poder soviético o el de los países en que se instaurarían regímenes
marxistas-leninistas”[40]. Para Aron “la fórmula ... de la contención
...[condujo a]... la ‘globalización’ y a la ‘militarización’ ...[cuyo
acontecimiento fundante fue]... la campaña de Corea”[41].
Aún
cuando Aron se sigue moviendo en su argumentación en el terreno del sistema de
bipolaridad ya argumenta según sus propias palabras lo siguiente; “en el régimen
planetario ... sólo hay dos potencias globales sin que el sistema sea global,
si por Globalidad entendemos la formación de dos bloques o campos, cada uno en
torno de su potencia global. El Japón, por falta de armamento ... así como
Europa Occidental, por falta de unidad y de resolución, a causa de la
proximidad física de una potencia global, continuarán dependiendo de la
alianza y la protección de Estados Unidos”[42]
Ahora
bien, en detrimento del argumento de Aron habría que decir que el globalismo
intervencionista de los Estados Unidos no se restringe al terreno de lo político-militar,
sino articula la geopolítica del globalismo intervencionista, con la geoeconomía
de la expansión y conquista de mercados. Desde el período de entreguerras y
con mayor fuerza después de 1930 la geoeconomía de los Estados Unidos se mueve
en la lógica de las grandes áreas como espacios geoestratégicos de
aseguramiento de recursos, mano de obra y mercados que den viabilidad a un
capitalismo en crecimiento, en el caso de Alemania este proceso de expansión se
vincula a la ideología y la doctrina del ‘espacio vital’ y las
‘panregiones’ globales, y en Japón a la doctrina de la ‘esfera de
coprosperidad’, que atienden –los tres procesos– a la ampliación de
soberanía o de cuasi-soberanía, y en tal sentido constituyen el origen
fundante de los actuales procesos de regionalización ahora ya en proceso de
consolidación[43].
A
manera de conclusión, o nuestra tarea
“El verdadero límite histórico del capitalismo
es, con toda exactitud, éste: el mundo polarizado que crea es y será cada vez
más inhumano y explosivo ... el socialismo tiene el deber de proponer otra visión
de la mundialización, y los medios de completarla en el verdadero sentido del término,
al darle un carácter humano y de auténtica universalidad”
Samir Amin
Ante
el planteamiento dominante, según el cual el capitalismo ha ingresado a una
nueva etapa de su desarrollo, conformando “una nueva totalidad histórica”,
en la que las fronteras se nulifican o se anulan y donde el Estado-nación y la
soberanía se tornan “anacrónicos” y “quiméricos”, pues tanto éstos
como la economía y la sociedad nacional funcionan como provincias de la
sociedad global; se impone la necesidad de pensar y repensar un razonamiento
alternativo que busque la verdadera novedad de los tiempos que nos ha tocado
vivir y las consecuencias de un planteo según el cual las fuerzas inexorables
de la autorregulación por el mercado presentan como imposible o utópico
cualquier razonamiento que cuestione el automatismo o determinismo del
globalismo homogeneizante.
Para
los partidarios de la globalización, los principales actores o hacedores de la
historia son las transnacionales y el gran capital con sus estructuras e
instituciones supra-nacionales; los sujetos, organizaciones, movimientos y
pueblos sojuzgados, no hacen sino presenciar los acontecimientos y ocupar el
lugar que les fijan las estructuras omnipresentes del mercado y el capital
global; la historia no se construye por ellos, se presencia, se les impone una
ideología según la cual no hay alternativa al neoliberalismo y la globalización,
para el globalismo “la globalización capitalista debilita las posibilidades
de estrategias nacionales”. Ante este desvanecimiento de la subjetividad, se
impone la necesidad de observar las transformaciones históricas que experimenta
el capitalismo mundial: como la profundización, ampliación o afianzamiento de
procesos y estructuras del modo de producción específicamente capitalista (que
quizás no sean tan novedosas); procesos éstos que se impusieron y ejecutaron
por determinados actores e intereses, y que implicaron acciones específicas del
Estado y sus representantes, así como la renuncia a otro tipo de políticas, a
otra forma de acometer la inserción al mercado mundial capitalista (el proyecto
neoliberal dominante se ejecuta en una particular correlación de fuerzas
sociales, y con una determinada actuación del Estado y sus instituciones).
En
las páginas anteriores hemos intentado alertar sobre actitudes de notable
indiferencia, a-críticas, sorprendente escepticismo o aún eclecticismo, que en
nada contribuyen a la reformulación, imaginación y desarrollo no sólo de un
pensamiento crítico mejor capacitado para explicar (en términos causales o de
determinación), pero también para crear un mundo más justo y para todos (en
el sentido de descubrir y desarrollar las potencialidades y lo indeterminado de
la realidad, incorporando la dimensión de futuro).
La
aparente dicotomía que nos planteábamos al inicio: crisis capitalista o
recambio, restitución y dominio del capital, dicho en otros términos,
globalización como reconversión y restructuración del capitalismo, o imposición
de la crisis y del trabajo de crisis, a través de imposición de políticas que
en el terreno de la geoeconomía y la geopolítica internacional parecen
reeditar el ejercicio de políticas imperiales y de explotación y exclusión
articuladas.
El
recurrente cuestionamiento a que –en un contexto como el anteriormente
vislumbrado– son sometidas las relaciones o articulaciones dialécticas entre
los espacios; mundial, nacional, o local, o mejor, la dinámica de
funcionamiento de un capital global mundial, cada vez más libre de ataduras,
pero que, sin embargo, no puede independizar su funcionamiento de la pervivencia
del Estados-nación que asegure la lógica de transferencia de excedentes de los
sectores asalariados al capital; sancione la asignación de ganadores y
perdedores, producto de los reacomodos en las relaciones Estado - Mercado,
Estado - Sociedad, y Estado - Capital, y ejecute las modificaciones de los
marcos institucionales y legislativos vigentes, y mantenga en los márgenes
institucionalizados (y en el espacio fijado por las fronteras territoriales) el
acentuamiento del conflicto social (teniendo cuidado de no caer en orientaciones
estadocéntricas); así como el reconocimiento de que la globalización del
capital no se reduce a la ampliación de los intercambios y valorización del
capital–dinero y capital–mercancía, sino que incluye también el ámbito de
globalización o mundialización de la experiencia vivida, como pobreza, hambre
y exclusión de la mayoría de la humanidad; manifiestan que la dinámica
globalizadora no está sujeta a una sola dimensión temporal, sino que puede
incluir procesos sociales, o ejercicios de constitución de la subjetividad, que
al manifestar a la historia como el terreno de enfrentamiento, incluyen
distintos ritmos de temporalidad y maduración de la respuesta y la protesta de
los distintos sujetos y de las fuerzas sociales.
Automatismo,
inexorabilidad y determinismo de las leyes del mercado y el capital o imposición
violenta autoritaria y excluyente de la gestión capitalista de la crisis, que
pone en riesgo las dos fuentes fundamentales de la riqueza en éste y cualquier
tipo de socialidad posible (la naturaleza y el sujeto), curiosa o paradójicamente
esta disyuntiva o dialéctica puede plantearse del siguiente modo: El
renacimiento y desarrollo del pensamiento crítico se fincará en la globalización
o mundialización de la crítica o la crisis de la ideología del globalismo
excluyente.
(*)
El autor, José Guadalupe Gandarilla
Salgado es profesor de Economía en la UNAM, México
E-mail: joseg@servidor.unam.mx
Notas
1. Véase
Michel Camdessus “Vivir en la ciudad global” en Capítulos, Núm. 45, Enero
- Marzo de 1996, págs. 7 - 14, y desde otra perspectiva Carlos González Martínez,
“La ciudad global del planeta urbano” en Cuaderno de Nexos, Año 19, Vol.
XIX, núm. 224, Agosto de 1996, págs. 24 - 25.
2.Véase
Oliver Kozlarek “Simulación, realidad y desafío de la globalidad” en
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, núm. 167, enero – marzo
de 1997, pp. 35 – 50.
3.
Tal y como afirma Robert Boyer desde 1983 Theodore Levitte propone el término
para “designar la convergencia de los mercados del mundo entero”. Levitte, Theodore “Globalization of Markets”,
Harvard Business Review, May – June, 1983. Citado
en Robert Boyer “La globalización: Mitos y realidades” en Gutierrez Garza,
1997, p. 21.
4.Construir
un razonamiento fundante que determine nuevos ángulos desde donde saltar los límites
de lo dado hacia lo inédito incluye una exigencia de distanciamiento que
“consiste en el movimiento de alejarse del problema para no quedar atrapados
por una situación cristalizada como producto, en forma de poder abrirse ya sea
como simple reconocimiento de posibilidades de otros discursos, o bien, lo que
es más difícil, conformando un contenido nuevo para el mismo discurso”
(Zemelman, 1998: 23 – 24)
5.Véase
para una atinada crítica a este enfoque, Joachim Hirsch “¿Qué es la
globalización? en Realidad Económica núm. 147, págs. 7 – 17.
6.
Ignacio Ramonet. “Pensamiento único y nuevos amos del mundo” en Noam
Chomsky e Ignacio Ramonet “Cómo nos venden la moto”, Barcelona, Icaria, 3a.
edición, 1996, págs. 55 - 98.
7.
Ibid. pág. 59.
8.
Ibid. pág. 57.
9.
Ibid. pág. 58.
10-
Citado en Ibid. pág. 63.
11.Carlos
Vilas, “Seis ideas falsas sobre la globalización. Argumentos desde América
Latina para refutar una ideología”, en John Saxe-Fernández (Coord.)
Globalización: Crítica a un paradigma, México, Plaza y Janés, 1999, págs.
69 – 101.
12.
Michel Camdessus, op. cit. pág. 9. (cursivas nuestras JGGS).
13.
Renato Ruggeiro, “La política internacional en la hora de la OMC”, Capítulos,
Núm. 47, Julio - Sept., 1996, págs. 7 - 16.
14.
Para Octavio Ianni cualquier tentativa de proyecto nacional “está sujeto a
las determinaciones globales que adquieren preminencia creciente sobre las
determinaciones nacionales”, en Ianni, “Estado-nación y globalización”
en El Cotidiano, año 12, núm. 71, septiembre de 1995, págs. 93 - 94. La
debilidad fundamental del argumento consiste en que fueron determinaciones
precisas de los sectores de la burguesía nacional que hegemonizan el control
del aparato estatal, las que impulsaron las políticas neoliberales de
globalización, y en rigor estas últimas como en repetidas ocasiones ha
afirmado Hinkelammert, constituyen la renuncia a cualquier política de
desarrollo, véase Hinkelammert, “Cultura de la esperanza y sociedad sin
exclusión”, Ed. DEI - Caminos, San José Costa Rica, Sept. de 1995, págs.
131 - 156.
15.
Charles Oman, “Globalización: la nueva competencia” en Las reglas del
juego. América Latina, globalización y regionalismo, Argentina, Corregidor,
1994, pág. 22.
16.
Ibid.
17.Véase
Arthur MacEwan “Globalización y estancamiento” en El mundo actual: situación
y alternativas, Pablo González Casanova y John Saxe-Fernández (Coords), México,
1996, Siglo XXI, págs. 59 - 73.
18.Véase
Joachim Hirsch “¿Qué es la globalización? en Realidad Económica núm. 147,
págs. 7 – 17. A quien pertenece esa afirmación.
19.Véase
Sergio de la Peña. “América Latina frente a la globalización” en Dialéctica,
Nueva Época, Año 18, Núm. 27, primavera de 1995, y Toni Negri “Fin de
Siglo”, Paidos, Barcelona, 1992, en especial capítulo 3, 4, 5 y 6.
20.Tan
sólo por concepto de pago de intereses de la deuda y por la remisión de
utilidades netas, según datos del “World Debt Tables” y del “Balance of
Payments Statistical Yearbook” editados por el Banco Mundial y el FMI, América
Latina traslado un promedio de 45000 millones de dólares anuales en el período
de 1982 a 1995.
21.Véase
Ruy Mauro Marini, Prefacio al libro de Adrián Sotelo V. México: Dependencia y
modernización. Ed. El Caballito, México 1993, págs. 9 - 12.
22. Véase Arthur MacEwan op. Cit.
23.Véase
nuestro “La globalización: efectos y tragedias sociales” en Memoria, núm.
105, nov. de 1997, págs. 21 – 24.
24.Véase
Octavio Ianni, op. Cit., y Francis Fukuyama “Capital social y economía
global” en Este país, núm. 59, febrero de 1996, págs. 2 - 9. Publicado
originalmente en Foreign Affairs, septiembre - octubre de 1995.
25.Kenichi
Ohmae “The rise of the region state”, citado en María Cristina Rosas, México
ante los procesos de regionalización económica en el mundo, México, IIEc -
UNAM, 1996, pág. 19.
26.Retomamos el argumento ofrecido por James Petras y Howard Brill ,
“The tyrany of globalism”, en Petras, et. al., Latin America: Bankers,
Generals, and the Struggle for Social Justice, Rowman and Littlefield, 1986, págs.
3 - 20, y el desarrollo que
del mismo hace John Saxe Fernández “La globalización: Aspectos geoeconómicos
y geopolíticos” en Heinz Dieterich (Coord)., Globalización, Exclusión y
Democracia en América Latina, México, Joaquín Mortiz, 1997, págs. 53 - 73, y
la preocupación expresada por Luis Javier Garrido en su “Introducción” al
libro de Noam Chomsky y Heinz Dieterich, La Sociedad Global, México, Joaquín
Mortiz, 1995, págs. 7 - 14.
27.Véase
Pablo González Casanova “El colonialismo Global y la democracia” en Samir
Amin y Pablo González Casanova (Coords) La nueva organización capitalista
mundial vista desde el Sur. Tomo II. El Estado y la política en el Sur del
mundo., Barcelona, Anthropos, CEIICH, 1996, págs. 11 – 144.
28.Véase
Noam Chomsky, El miedo a la democracia, Barcelona, Crítica, 1992, Introducción,
págs. 11 - 19.
29.
Ibid, pág. 14.
30.No
cabe duda que el momento y el contexto histórico que se vivió en las décadas
del sesenta y el setenta, es muy distinto al que nos ha tocado presenciar después
de la transición conservadora de los ochenta. En un ensayo publicado en francés
en 1972 y en castellano en 1975, Anouar Abdel Malek afirmaba que los “círculos
–endógeno (clases y grupos sociales), exógeno (naciones, culturas,
civilizaciones)– constitutivos del movimiento mundial en la época contemporánea”
(infra, pág. 11) eran agitados finalmente “por los procesos de mundialización”
(ibid.), lo interesante o paradójico es que en aquellos años para Malek esos
procesos eran, en primer término “los grandes movimientos de liberación y de
revolución”, y la convergencia de “las revoluciones nacionales y sociales
con la revolución científico-técnica” (ibid.), como resulta evidente las
fuerzas impulsoras de ‘los procesos de mundialización’ en nuestros tiempos
son otras muy distintas, aunque la técnica se encuentre presente en ambos
enfoques. Véase Anouar Abdul Malek, “La dialéctica social. La restructuración
de la teoría social y de la filosofía política”, México, Siglo XXI, 1975,
404 págs, en especial 11 - 56.
31.
Luis Javier Garrido “Introducciòn”, op. cit. pág. 8.
32.Carlos
Vilas, “Seis ideas falsas ... op. cit. pág. 21.
33.
Retomamos el argumento de Rafael Agacino “La anatomía de la globalización y
la integración económica”. Ponencia presentada al seminario Integración
Internacional, organizado por el Instituto Internacional de Integración del
Convenio Andrés Bello, La Paz, Bolivia, 31 de marzo a 4 de abril de 1997.
34
Para Enrique Iglesias, presidente del BID, la creación de nuevos pobres
producto de la aplicación de las políticas neoliberales de globalización y la
profundización de esas reformas es un “fenómeno transitorio e inevitable”.
Véase La Jornada, 14 de Marzo de 1997, pág. 55.
35.Véase
José Luis Orozco, “Pragmatismo y globalismo: el primer ensayo” en José
Luis Orozco y Ana Luisa Guerrero, Pragmatismo y Globalismo, México, Fontamara,
1997, págs. 15 - 40.
36.
Walter E. Weyl, “American World Policies 1917”, citado en Orozco, op. cit. pág.
18.
37.
Ibid.
38.
Raymond Aron, La república imperial, Madrid, Alianza Editorial, 1976, 389 págs.
39.
Ibid. pág. 360.
40.Ibid.
pág. 253.
41.
Ibid. pág. 331.
42.
Ibid. pág. 171.
43. Véase
John Saxe Fernández, op. cit., y del mismo autor “América Latina-Estados
unidos en la posguerra fría: Apuntes estratégicos preliminares” en Problemas
del Desarrollo. Vol. XXIII, Núm. 90, Julio-septiembre 1992, págs. 135-179, así
como la argumentación y la ilustración histórica de Noam Chomsky, “Lo que
realmente quiere el tío Sam”, México, Siglo XXI, 1994, 136 págs, en
especial 9 - 33.
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