Foro Social Mundial

2005

   

      * Manifiesto Foro Social  Mundial  2005

 

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2001

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Foro Social Mundial 2001

 

Manifiesto para una economía con finalidad humana.

 

El Primer Foro Social Mundial de 2001 ha permitido imaginar una mundialización de nuevo tipo y de afirmar que otro mundo, más solidario, es posible. A los principios de una economía fundada sobre la rentabilidad del capital financiero, es necesario oponer criterios de inversión y de intercambio fundados sobre los imperativos del desarrollo de los individuos y de las sociedades.

 

[...] Este primer encuentro ha hecho ver que para la fría lógica del aparato económico no sólo responde el sobresalto de la generosidad, sino también la lógica, viva y no menos rigurosa, que inspiran los imperativos de la finalidad humana. La economía –actividad de transformación de la naturaleza para satisfacer las necesidades humanas- por definición, sólo tiene sentido con relación a esta finalidad.

 

Cuando el medio se vuelve fin y el fin medio, cuando los seres humanos están al servicio del dinero y no el dinero al servicio de los seres humanos, la racionalidad se vuelve sinrazón y el mundo cae en el absurdo. Así, en un medio siglo, cuando el producto mundial ha sido multiplicado por 9, las desigualdades entre los pueblos se han amplificado y, según el PNUD, en 80 países, el producto per capita (PPC) ha regresado. La máquina, que tendría que aliviar al ser humano, engendra, en las naciones más ricas –aun en periodo de reactivación- la desigualdad, la miseria y la exclusión social.

La carrera productivista en la cual se somete a las empresas, agota la naturaleza, amplifica las extracciones y las basuras, y perturba los grandes mecanismos reguladores de la biosfera. La vida humana en su conjunto, se vuelve objeto de mercancía y nuevo criterio de racionalidad, la lifetime value expresa el valor de la persona en función de las compras que esta puede realizar durante toda su existencia. Si la eficacia se define por lo “que produce el efecto que se espera (1)” ¿qué sentido puede tener en economía?

 

Contra los principios de una economía fundada sobre la rentabilidad del capital financiero, es necesario oponer criterios de inversión y de intercambio fundados sobre los imperativos de la finalidad humana. Frente a las ventajas comparativas naturales, oponemos la necesidad de tomar en cuenta la desigualdad de las condiciones en las cuales los seres humanos producen. Las ventajas comparativas derivando de una mano de obra abundante o de la localización de ciertos recursos sólo los aprovechan las transnacionales que los controlan, y no las regiones del mundo que los cobijan. En todos los sectores, los precios de coste de los productos, provenientes del sistema con fuerte intensidad de capital, están fuera de alcance de los sistemas productivos basados esencialmente sobre el trabajo. El criterio de la competitividad-precio condena a poblaciones enteras a desaparecer. Si es eso la meta, hay que decirlo. Sino, hay que corregir las desigualdades naturales de las condiciones de producción por un tratamiento económico favorable para los más desfavorecidos.

Frente a la cláusula de la nación la más favorecida (2) de la OMC, oponemos el derecho de los pueblos a organizarse libremente en amplias comunidades de naciones solidarias, según modalidades destinadas a evitar todo efecto de dominación de los más potentes sobre los más débiles; el derecho de protegerse con barreras de preferencia comunitarias; y el de controlar los movimientos de capitales cuyos flujos y reflujos brutales -como en Asia oriental en 1997- desorganizan las economías reales y hunden las poblaciones en el desamparo. Contra la cláusula del tratamiento nacional (3), reivindicamos el derecho de las naciones para proteger sus actividades vitales, para valorar su territorio como lo quieren y, de manera prioritaria, para preservar o construir su autoabastecimiento alimentario contra la invasión devastadora de la agroindustria. Rechazamos que los valores sociales, las culturas y todo lo que hace la identidad de los pueblos se reduzca a la dimensión de valores mercantiles.

Frente a la realidad de la rentabilidad mercantil, proclamamos la primacía de los derechos fundamentales de la persona, de la utilidad social y del interés general. La rentabilidad de las actividades que están vinculadas a esta idea no es esencialmente monetaria y de corto plazo: es de naturaleza social, se manifiesta a través de los efectos indirectos de largo plazo sobre el desarrollo de la colectividad. Así fue en el siglo XIX para el ferrocarril; así tiene que ser hoy para la industria  nuclear, las biotecnologías, etc. En medio de estas actividades, unas, porque son cruciales para el futuro de la colectividad o se refieren a los derechos fundamentales de la persona, (salud, educación, seguridad, infraestructuras, actividades bancarias o financieras), no pueden depender de los criterios mercantiles y de las ganancias. Le toca al poder público, sino de asumirlas, al menos de controlar su ejercicio y su desarrollo. Las fusiones, las adquisiciones y concentraciones susceptibles de ser puestas entre las manos de intereses particulares -poderes a veces superiores a los de los Estados-, tienen que ser rigurosamente limitadas, ver desmanteladas. Tal nos parece ser el campo del sector público.

Hay otras actividades cuya rentabilidad es también social y de largo plazo, sin que ellas sean por lo tanto de naturaleza a poner su destino colectivo entre manos de algunas potencias privadas. Eso porque esencialmente cultivan  relaciones de proximidad creativas de ciudadanía (sistemas de intercambios locales, redes de intercambios recíprocos y de saber, vida asociativa local etc.), o porque su primer objetivo no son las ganancias, y que el poder se comparte allí entre el conjunto de sus miembros: asociaciones, cooperativas, mutuales, sistemas financieros alternativos y solidarios. En todos estos casos, el poder público debe favorecer el libre surgimiento de la creatividad individual; tiene como responsabilidad de apoyarlas, en nombre y en los limites de su productividad social. Tal nos parece ser el campo de la economía social y solidaria. (4). Pues, no se trata aquí de la defensa de cualquier “excepción” –cultural por ejemplo-  (lo que llevaría a reconocer el estatus de norma a la regla mercantil), sino de las funciones que tiene que asumir una sociedad en sus diferentes niveles de organización.

Primacía de lo político.

Frente al reino sin compartir de la única racionalidad individual, oponemos pues los principios de la economía “plural”. Lo mismo que en la naturaleza, [el paso de la molécula a la célula, luego de esta al órgano y al sistema (respiratorio, circulatorio, digestivo) se traduce por la emergencia de nuevas funciones y de nuevas lógicas], afirmamos que cada paso del individuo a los diferentes niveles de lo social, se acompaña de un cambio de lógica: la racionalidad con la cual tienen que estar sometidas la construcción y la gestión de un bien colectivo –planta hidroeléctrica o vía de comunicación, por ejemplo- responde a un modo de cálculo diferente del que se aplica a un bien individual, de equipamiento doméstico por ejemplo. Cada uno de los niveles siendo de igual manera constitutivo del todo, no discutimos, al contrario, afirmamos la existencia legítima de una racionalidad individual mercantil. Lo que rechazamos radicalmente, es que la realidad económica se reduzca a esta única lógica, y que lo social esté definido como una suma de racionalidades individuales. De ahí las orientaciones de una acción política apuntando a volver a poner la economía en su lugar, al servicio de la comunidad humana, donde encuentra su sentido y su dignidad.

Primero, se trata de asegurar la supremacía de los valores socioculturales sobre los valores mercantiles. En efecto, los primeros representan  a lo que se refiere toda persona para dar sentido a su existencia, y que ubica pues por encima de si misma. Estos valores la comprometen en su concepción del mundo, mas allá de lo refutable y de lo demostrable. De ahí la supremacía natural de la función política –que encarna el proyecto social resultando de la libre confrontación de los sistemas de valores socioculturales- sobre la función económica que, ella, se sitúa simplemente a nivel de los medios a poner en marcha para realizar el proyecto colectivo. El hecho que los valores se sitúen fuera del campo de lo refutable y de lo demostrable lleva a respetar su pluralidad, fundamento mismo de la democracia. Desde un punto de vista práctico, eso significaría que, lejos de constituir la ley suprema a la cual tienen que plegarse todas las demás, los acuerdos comerciales tienen que –al contrario de las pretensiones de la OMC- ser subordinadas al respecto de las convenciones internacionales relativas a los derechos individuales y sociales de la persona, como al del medio ambiente –particularmente la declaración de Río, la Agenda 21 (5) y los acuerdos multilaterales sobre el medio ambiente-, directivas de las Naciones Unidas que se refieren a la protección del consumidor, y del conjunto de las convenciones de la OIT.

Luego, someter las potencias económicas y financieras a la autoridad del poder político. Las derivas de la especulación por ejemplo, llaman a la puesta en marcha de la tasa Tobin o a otros medios que apuntan al mismo resultado, la organización de un nuevo sistema monetario y financiero internacional y el control de los movimientos de capitales en el mundo. Mientras el poder internacional de las finanzas y de las transnacionales tendrá,  frente a el, sólo a los gobiernos nacionales, estos, lejos de ser árbitros, quedarán como juguetes que las potencias económicas manipularán a su antojo. Solamente la concertación de los gobiernos, impuesta por la voluntad de los pueblos, podrá elevar la potencia política al nivel planetario de las fuerzas que le toca domar. Ya no se puede más tolerar la extraordinaria inversión de situación, por la cual los que reivindican la apertura de las fronteras, frente  a los asaltos de su única codicia, han logrado colocarse como caballeros de una mundialización “feliz”, cualificando de “antimundialistas” (6) a los que combaten su empresa de confiscación del planeta. A la Internacional del dinero, oponemos un nuevo internacionalismo que apunta a la concentración de la comunidad humana, la cual tiene que promover de manera imperativa tres dimensiones de solidaridad:

·       Solidaridad entre los pueblos del mundo para la anulación de la deuda pública de los países pobres, por el reforzamiento de la ayuda internacional a su favor y por la reestructuración de las instituciones internacionales alrededor de una Organización Mundial del Desarrollo Social (OMDS) Esta organización, democráticamente constituida, estaría habilitada para negociar –en el nombre de los pueblos y con ellos- “contratos” que aseguren el desarrollo de todos, en el respeto de los derechos fundamentales de los hombres y de la protección de la naturaleza.

 

Lo que los gobiernos, actuando de manera dispersa, no pueden o no quieren hacer, la movilización de los pueblos está empezando a realizarlo. Las mismas tecnologías de lo inmaterial que han favorecido la mundialización del capital, permiten la concertación permanente y la movilización de los movimientos ciudadanos en el mundo. Ayer, era el fracaso del Acuerdo Multilateral sobre las Inversiones (AMI), el fiasco de la OMC en Seattle, el cierre de los mercados europeos a los organismos genéticamente modificados (OGM), el retiro del brevet llamado Terminador por la firma Monsanto...  [...] Y he aquí que estas movilizaciones esporádicas se transforman en una fuerza de propuesta permanente con la cual los poderosos tendrán que contar (7).

 

(1)     definición del diccionario “Robert”

(2)     La cláusula de la nación la más favorecida obliga a todos los miembros de la OMC a extender de inmediato y de manera incondicional para todos sus miembros una ventaja que acordaría a uno de ellos.

(3)   La cláusula del tratamiento nacional, otro principio fundamental de la OMC, obliga a un país miembro, utilizar los productos nacionales de la misma manera que los extranjeros.

(4)   Ver Jean-Loup Montchane, “Ces territoires méconnus de l’économie sociale et solidaire”, Le Monde Diplomatique, julio 2000

(5)   Adoptado por la Conferencia de las ONU sobre el medio ambiente llevada adelante en Río en 1992, la Agenda 21 (o Acción 21) fijaba los objetivos a lograr y los medios a poner en marcha en el periodo 1992-2000, en materia de desarrollo sostenible. Sin embargo, las medidas propuestas no eran obligatorias, su aplicación estaba dejada a la discreción de los Estados.

(6)   Sobre el uso del termino “antimundialista”, prestado del léxico del “Front Nacional” por los medias y personalidades deseosas de desconsiderar los oponentes a la mundialización liberal, leer la nota 9 del artículo de Bernard Cassen, “¿Irreversible, la mundialización?”, Le Monde Diplomatique, enero 2001.

(7)   Leer Ignacio Ramonet, “Porto Alegre”, Le Monde Diplomatrique, enero 2001.

 

Le Monde Diplomatique -  Traducción EDAL